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EL GUADALQUIVIR. Historia.

Cáp. 02. sevilla y el río.

El Guadalquivir por Triana.

Hay mucha controversia con el significado del nombre de nuestra ciudad. Spal o Ispal en fenicio era I-sbael-ya, es decir la isla de Pal, apareciendo el carácter isleño, en donde His-Pal significa al que soporta, apoya, aguanta o sujeta, la isla, o el lugar, de los palos o de los pilares. Aunque otros eruditos defienden que Spal, His-Baal, significa la casa de Baal, la deidad principal de los fenicios, o sea, Ciudad de Dios. Suponiendo que ya entonces los sevillanos eran barrocos, es decir, duales, guasones y ambiguos, puede que ambas explicaciones sean válidas y complementarias, un simple juego de palabras. Es notorio que el espíritu conservador de los sevillanos quede tan claro en el hecho de que el nombre de nuestra ciudad proviene por línea directa del que decidieron aquellos arcaicos y arcanos fenicios sevillanos de hace tres milenios. Del primigenio Ispal al romano Híspalis. De ahí al árabe Ixbiliya. Y finalmente de la deficiente pronunciación de svil-iya terminamos en nuestro Sevilla. Es anecdótico otro nombre también se usa para nombrar a Sevilla. Serva la Bari. Es como la bautizaron los gitanos que llegaron en el siglo XV y se asentaron en la cava del arrabal trianero. En calé significa Sevilla la Mejor, o la Bella. O la Más Bella.

De lo que no cabe tener dudas es de que el Río Grande es el origen real de nuestra ciudad. Y que a lo largo de todos estos siglos ha sido la causa de su crecimiento, de sus transformaciones, pero también de sus riadas y de sus epidemias, puerta de entrada de sus invasiones, de la misma manera que era el camino de agua por donde nos visitaban embajadas de paz.

Como la del samurái Hasehura Tsunenaga, que se estableció en el siglo XVII con su séquito en Coria del Río, como antesala de su presentación de credenciales al Rey en la capital del Guadalquivir. Estuvieron estos japoneses bastante tiempo en Coria, y algunos se quedaron, dando origen a toda una saga de descendientes, con el apellido Japón, tan frecuente allí.

O, en el sentido opuesto, el de la perversidad y la felonía, como cuando en 844 tuvo lugar la terrorífica masacre de Ixbiliya, en que un ejército de vikingos remontó el Río sobre sus temidos drakars, y diezmaron a la población. Los cronistas hablan sobre su ferocidad y de cómo destruyeron casi totalmente la entonces Mezquita Aljama, sobre cuyas ruinas se edificó, algunas vidas más tarde, la Colegial de El Salvador. Después de eso se levantó otra distinta, muy cerca, y en el siglo XV, sobre sus trazas, se elevó, soberbia, la Catedral. Curiosamente ambas conservan sendos patios de abluciones y sus correspondientes torres alminares.

Toma de Sevilla por Fernando el Santo.

A estos sevillanos que acosaron los normandos, o los reyes cristianos, o sus propios hermanos de reinos vecinos, que levantaron las formidables murallas y sus monumentales puertas, que desarrollaron el urbanismo y la cultura del reino de Ixbiliya, que habitaron durante siglos en aquel vergel, a los que escribían poemas de amor al Río, a los jardines del Alcázar, al vuelo de las alondras, al collar de las palomas, y a las mujeres con las que compartían sus vidas, es a los que el Rey Santo desalojó de sus hogares. El 23 de noviembre de 1248, Fernando III, recuperó la ciudad más hermosa del Orbe para la cristiandad. Los castellanos lo llamaron la reconquista de Sevilla. La pérdida del paraíso de Ixbiliya fue como lo conocieron y lo lloraron aquellos sevillanos enviados al exilio, los musulmanes.

Y, como siempre en la historia de la ciudad, el Río tuvo un papel primordial. Y el Wadi-al-Quevir empezó ese día a llamarse Guadalquivir.

El Rey encomendó a un marino de Cantabria, el almirante de la Armada Ramón Bonifaz, el mando de un contingente naval muy numeroso y de enorme poderío. Fernando había situado alrededor de la ciudad cinco ejércitos. Que al menos tres de ellos nombran sitios actuales: la isla de Tercia, el cortijo del Cuarto, y el barrio de Montequinto. Ya llevaban tres años de sitio y acoso, sin éxito. El Río seguía sirviendo a los musulmanes como vía de abastecimiento y como barrera defensiva. Desde las poblaciones afines del norte y a través del puente de Barcas desde el Aljarafe seguían llegando los suministros a la ciudad.

Las aguas de la ciudad habían sido cerradas. Desde el final de las murallas, en la torre albarrana, hasta el puente de barcas, en el arrabal de los pescadores. Pendían poderosos eslabones desde la Torre del Oro a la orilla opuesta, trabados con tablas que evitaban su hundimiento, conformando la gigantesca y legendaria cadena de hierro que cerraba Ixbiliya al exterior, a los invasores, desde el sur. En el otro extremo, en el norte, cumplía la misma función el ancestral puente de Barcas, que había sido reforzado por un sistema de cadenas sólidas que lo convertían en impenetrable. Pero Bonifaz cambió la historia.

El Guadalquivir por Triana. La torre del Oro, el puente de Barcas y el castillo de San Jorge.
El Guadalquivir por Chapina. El puente del Cachorro.
Azulejos con vistas de Sevilla y el Río.
Archivo de Indias.

El día de san Clemente de 1248 la flota cristiana se aparejó y se dispuso a enfilar el Guadalquivir desde el sur con el propósito firme de romper la primera cadena de la torre del Oro y, a continuación, sin detener el avance demoledor de los barcos, el acorazado puente de Barcas. Las dos galeras más pesadas que desplazaban mayor tonelaje se llenaron de piedras y de arena, se les forraron las quillas con planchas de hierro, y se enarbolaron velámenes más grandes. Esa mañana se dio la curiosa circunstancia de que el viento, que era dominante en esa estación de norte a sur, hacia el mar, roló a poniente con fuerza poco habitual, empujando los barcos a una velocidad extraordinaria contra las hasta ese momento infranqueables barreras, rompiéndolas y decidiendo el final de la guerra. Pocos días después, ya en octubre, el último rey de Ixbiliya, el caíd Axataf, entregó al Rey Santo las llaves de la ciudad.

A Fernando III le sucedió su hijo Alfonso X, al que llamaron el Sabio, que regaló a Sevilla tiempos de esplendor, de cultura y de visión cosmopolita, desde cuyo puerto se exportaba a toda Europa y a las tierras de Ultramar granos, aceite, vinos, quesos, miel, sedas, lana y lino, maderas, mineral, cueros, manufacturas, cera, frutas y frutos secos, salazones, tintes y cochinillas para los tintes, especias, cerámicas, artesanías, literatura, poesía y obras de arte. E importaban especias, sal, frutas y alimentos exóticos, sedas, madreperlas, nácar, artesanías y tejidos de origen vegetal, y, sobre todo, toneladas de oro y de plata.

En su reinado fue cuando san Isidoro publicó, en Sevilla, un tratado con el que compendiaba todos los conocimientos de su época, Las Etimologías. Y cuando fueron compuestas las Cantigas de santa María, algunas de ellas por el mismo Alfonso. El Alcázar tratado amorosamente por el Rey Sabio y por todos sus descendientes, que supieron transformarlo en un lugar bellísimo.

Siguieron siglos de prosperidad, comercio, arte, arquitectura y pensamiento. Un largo periodo en el que Sevilla se convirtió en la capital más deseada, rica y próspera del mundo, destino de todas las riquezas y todo el comercio con los territorios de ultramar, puerta y camino de cualquier lugar conocido. Toda aquella privilegiada situación ocurrió gracias al mimo con el que los reyes, y sus leyes y reglamentos especiales, trataron a Sevilla. Le otorgaron un monopolio para todas las transacciones que se realizaran a través del Río para el resto de España y de Europa.

Los metales preciosos fluían por las calles de Sevilla, engalanando sus casas-palacio, y generando nuevas clases sociales: los comerciantes y los altos funcionarios. La arcaica y decadente nobleza acabó, por pura necesidad, casando y mezclando los colores de sus sangres con los nuevos plebeyos tan prósperos. Los comerciantes se ennoblecían y los nobles se enriquecían. También se aposentaron en la ciudad todas las órdenes religiosas existentes, fundando ricos y bellísimos monasterios en lugares que buscaban el relativo aislamiento y espacio para sus silencios y sus huertas, pero acababan engullidos por el entramado urbano, lo que acabó determinando el recorrido de muchas calles, por ajustando el levantamiento de las nuevas viviendas a las trazas de los cenobios. Sólo Roma superaba entonces a Sevilla en cantidad de conventos, y eso es algo que a día de hoy sigue sucediendo. Nuestra ciudad era, por aquellos felices días, uno de los más esplendorosos lugares del mundo civilizado.

Todo ese universo americano y marítimo, de transacciones militares y comerciales, artísticas, civiles o religiosas, dimanaron muchas toneladas de papeles, de crónicas, expedientes y facturas, conocimientos de embarque, nóminas de marineros, recibos, albaranes, cartas, personales y de navegación, bitácoras, órdenes, y toda suerte de documentación, que era archivada y puesta a buen recaudo en la Aduana, oportunamente recopiladas en protocolos y legajos, encuadernados y ordenados, disponibles hoy en el hermoso edificio del Archivo de Indias, entre el Alcázar y la Catedral, para regocijo y estudio de los historiadores.

Los artesanos, los orfebres y los pintores, los imagineros y los sastres, los joyeros y los escultores no paraban de trabajar y de recibir encargos, para Sevilla y para América, para París o Bruselas, Londres o Roma, Quito o Méjico, y todo el lujo que se podía comprar se vendía en Sevilla, y la prosperidad trajo la alegría, pero también, como suele ocurrir en épocas de opulencia, muy poco a poco, también abonó el terreno a la decadencia.

 

Obra de Antonio del Junco para Zona Franca de Sevilla.

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